martes, 24 de julio de 2007

post-humano.


Vamos todos de la mano a sentarnos en el filo del cielo, y miremos desde él la tierra en donde morimos.

Como un sol quemando la perfección del espacio, nuestros nombres son olvidados. Océanos se quiebran detrás de nuestros sedientos hermanos; con el agua hasta las rodillas ya se sienten ahogados… ellos -nuestros hermanos- son como conejos ridículos intentando dejarnos una valiosa moraleja. (Solitarios en coma, con todas sus mentiras arrodillándose frente a nuestra propia cama.)

En una madrugada como esta, yo era un meteorito de estupefacientes colisionando contra la tierra. Una madrugada del 3 590 D.C. sucederá nuevamente lo que ahora sucede, lo que sucedió en aquel punto de espacio y tiempo que ahora cae sobre mi nuca como una pluma afilada fabricada para partir mi columna, solamente.

Algún día, podremos sentarnos en aquel filo capaz de ofrecer el agridulce panorama que los alados reclamamos. No, mis secretos son rabia inconsistente gritando finales que nunca llegan al rescate… Las profecías que narran los muertos, son los enigmas que escribieron los siniestros clavos que nosotros mismos usamos para crucificar cada memoria en nuestro pecho… para luego resucitarla, para luego descerebrarnos la paz… En aspa de molino, tu padre mutila sus callosas manos de arquitecto, en constante primera posición, se hecha una siesta sobre las ruinas en las que convertimos su obsequio al aprender a vivir como él vivió. No me digas hermano, ¡oh!, dios de la culpa. Mis ojos son ventanas cerradas que se abren sólo para cegar mis marcos, mis bordes, mis muros impropios.

Porque mantengo el dedo sobre el botón rojo, soy un héroe; Porque algún día lo presionaré, seré un dios.

Tomen posiciones de ataque mientras tiemblan de pánico, hermanos… las campanas susurran el tiempo a nuestras espaldas. Caminemos de la mano hacia el grito que nos bautizó melodiosamente con dolor e incomprensión. Yo amo, yo odio, yo soy el principio y el fin de las cosas. Y aquel póstumo olor a sepulcro, ata mi destino a una bala llamada nada que al tercer día perforará la cabeza de dios.

(Escucharon todos los cuentos, y durmieron felices por siempre.)