Es más fácil de lo que parece; ponerle un nombre a algo y luego borrar su significado en un diez, treinta u ochenta por ciento con desconcertante facilidad. Si eres un perdedor con clase, entonces sabrás que lo que escribo es más que un simple lamento reflexivo… En realidad ya no importa si tú o si alguien más se da la molestia de prestarme atención. Yo sería feliz si el mundo no existiese. Si los bordes que nos contienen se desvanecieran y todo entrase a una fase de unidad continua, sin más vallas que saltar ni más… estados por conocer.
Cuando se es niño es fácil sorprenderse, caerse y levantarse miles de veces. No existe nada realmente grave y peligroso para nuestro segundo presente; nuestros miedos no se han desarrollado lo suficiente como para dificultarnos cualquier salto. Si ahora escribo tan confusamente -o divago en exceso- se debe a mi niñez, a aquella etapa tan desconcertante en la que estuve atrapado por más de 20 años. Y sí, digo atrapado y no inmerso o lo que sea, porque estuve atrapado. Pero hace muchas muchas horas, que siento ser un pedazo de explosión suspendida de una cuerda de hilos de seda.
Me gustaría doblarme en varias partes y meterme entre las hojas de uno de aquellos libros que forman largas pilas en casa y que nunca nadie abre o -siquiera- toca. El silencio es frío, el humo que escapa del cigarrillo es una cerradura que me libera. (Y así no sea coherente lo que digo, puedo imaginar que soy libre, con silencio y todo, ajeno a mis palabras, más lejos de la experiencia; siempre hay drogas alrededor de uno.) La hemoglobina esta congelada.
(Con una pistola le apuntaré al mundo a la cabeza, para que me ame.)
Tengo que poner un punto aparte para no sentir que soy prisionero de lo que voy escribiendo, no quiero tomar un camino. Es como si las líneas escribiesen mis sensaciones; una frase decidiera qué es lo que soy... es como tener sobre mis alas una máscara transparente hecha de afilado aire.
(Quiero profanar mis venas con todas tus drogas y dibujar continentes de profundos y rojos bordes en mi piel.)
Según nuestros padres, nosotros venimos a este mundo como producto del pecado; dios escribe su nombre en las paredes del laberinto y ellos consumen compulsivamente sus productos. Somos culpables cada vez que somos libres.
Si las decisiones fuesen sólo sueños
cualquier camino por el que decidiéramos andar sería siempre correcto.

